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Conejitos emergentes (y no de Pascua) dentro del sombrero del mago

Columnistainvitado

Por Sandyluz.

Leer a Julio Cortázar no es fácil empresa, y menos cuando se pone surrealista. ¿Qué pensar del personaje, quien, literalmente comienza a vomitar gazapos? Éste es el meollo del asunto del cuento “Carta a una señorita en París”. En el aspecto formal, el cuento no queda a deber, cuando encontramos las figuras literarias de Cortázar para describir el espacio y las rutinas cotidianas. Por ejemplo, cuando dice: “Pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable…” (Cortázar, 1975: p. 25). Cortázar tiene ese depurado estilo para evocar sensaciones y escenarios deliciosos, a la hora de decir cómo es algo o alguien (en este caso un espacio físico: una casa y la situación del personaje).

En el aspecto anecdótico, es decir, la trama, el cuento inicia cuando el narrador debe mudarse, un jueves cualquiera, al departamento de la señorita Andrée, quien se marchó a París. En la parte inicial del cuento, se presenta ese embarazoso momento cuando el personaje narrador debe ocupar un espacio que le parece extremadamente hecho a la medida de su poseedora. ¿Cómo podría él habituarse y hacer suyo tal sitio, sin trasgredir el universo y la historia de cada uno de los objetos, dispuestos de determinada manera? Tan pronto este personaje se torna inquilino de este lugar comienza la bizarra situación: comienza a expulsar, del fondo de su ser, pequeños conejitos; y todo esto lo revela en la carta que está escribiendo a la Srta. Andrée. A manera de crónica, el personaje se confiesa avergonzado y confundido, ante la intromisión en su vida de semejante “producto”, generado por sí mismo. En un inicio había pensado en darles muerte, pero no fue capaz, por lo que los va acumulando dentro de un armario. En el desarrollo del cuento, el afligido personaje le confiesa a la Srta. André que los alimenta con hojas de trébol, que él mismo siembra, y que procura tenerlos “bien guardaditos”, para que no provoquen mayores molestias, que las que le causan a él mismo, sobretodo cuando les toca emerger de su garganta, para comenzar a vivir. Sin embargo, ya casi al final del cuento, y de la carta redactada, el asunto pasa de ser gracioso, a ser algo agobiante: el personaje se muestra exasperado e incapaz de sortear la situación, cuando el número de conejitos rebase la cantidad de 10. En las últimas líneas del cuento (desenlace) el lector perspicaz podría sospechar que el peso de la situación surrealista rebasa la voluntad de vivir del personaje protagónico, quien anuncia entre líneas estar a punto de sucumbir. ¿Será capaz de suicidarse, en caso de traer un conejito más al mundo? Desenlace abierto: que el lector decida, si esto va a suceder. Por lo pronto, todo el texto podría considerarse una carta de despedida, ¿suicida?, para una destinataria lejana (personaje ausente), quien es su único contacto con el mundo real.

Tratándose de Cortázar, no nos podemos conformar con esa “simple” versión de los hechos, sobretodo porque salta a la vista el toque simbólico del relato. No es gratuito el énfasis descriptivo de la casa –como si ésta fuera un ente vivo, o un personaje simbólico–; y entonces, un tanto como en su otro cuento “Casa tomada”, las cosas toman un rumbo insospechado, cuando un nuevo inquilino llega, con todo y sus rarezas: eso de vomitar conejitos bebés no es cosa cualquiera.

Subyacen en la trama algunos elementos de “los extraño” (o sea sin explicación, e impactando, en el universo de los objetos reales); me refiero a la naturaleza de la casa, que intranquiliza al personaje narrador. ¿Y qué decir de los conejos, que siempre son elemento instrumental, parte indispensable, dentro del repertorio de un mago? El conejo, a simple vista, puede representar fertilidad y abundancia. Finalmente en las culturas prehispánicas les gustaba creer que había un conejo descansando en la Luna. Por otro lado, desde un punto de vista más biológico, el conejo es un animal que se prolifera fácilmente, porque al ser animal de presa, carece de desarrollado instinto de supervivencia (como quien dice, los conejos nacen mucho y mueren mucho, también). Ya aterrizando al contexto del cuento, podemos ver cómo, a partir de que el personaje entra en ese entorno nuevo, la magia comienza a suceder. Y si hacemos un empalme de ambas aproximaciones simbólicas derivadas del conejo, podemos sospechar que este intrigante elemento del cuento apela a la multiplicación de problemas, angustias y preocupaciones del personaje narrador, a partir de ingresar a este departamento que no es el suyo, que tendría que acomodarle, pero que en el fondo lo hace sentirse desencajado. Por otro lado, conforme el personaje va acumulando más y más conejitos, derivados “de su ronco pecho”, él también se va sintiendo presa, se va sintiendo asechado. Entre más proliferen los conejitos, más expuesto y vulnerable él. Como el mismo personaje refiere: “Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece” (Cortázar, 1975: p. 33). El personaje textualmente indica que con diez todavía hay trébol y esperanza, pero, si se proliferan más, él se sentirá rebasado ante las adversidades que proliferan, en verdad o en nuestra mente: “No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto” (p. 33).

Al final, es muy recomendable leer y analizar este cuento por la clara alegoría que Cortázar establece entre las angustias abundantes de una vida humana y los conejos que insisten en nacer y respirar el mismo aire que los humanos, a pesar de que corran el riesgo de ser masacrados; a pesar de que aniquilen la tranquilidad de un hombre cotidiano. Con este cuento, Cortázar propone que no todos estamos dispuestos a romper el trajín diario, ni a aceptar lo extraño y mágico como parte de nuestras vidas. Quizás, después de todo, nos liaría demasiado no ser normales. Eso de expulsar conejitos podría generarnos una sensación de alienación insostenible. Todos nos bañamos para borrar las manchas y la suciedad del progreso, pero, ¿de qué manera borrar, o aparentar, cuando lo que nos sucede no le sucede a alguien más –tal y como es de esperarse con el nacimiento anormal de conejitos perfectamente hermosos y vivaces–? Siempre un cuento de Cortázar brinda varias capas qué analizar. Y éste, con tales tintes surrealistas, no es la excepción.

Fuente consultada: Cortázar, Julio. «Bestiario». México: Nueva Imagen, 1975.

IMG_5743Sandyluz. “Detrás de la pluma…” Egresada del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca, de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Completó estudios de Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México (SOGEM). También terminó una maestría en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura, en el Tecnológico de Monterrey. En un plano más relajado, es aficionada a los libros y a la escritura desde corta edad; ha escrito de manera informal cuentos y poesías; con uno de sus primeros cuentos ganó un concurso local del cual obtuvo su primer retribución económica y profesional, siendo ello un significativo incentivo para seguir escribiendo. La Literatura ha sido una válvula de escape para no enfermar de realidad. La fantasía reanima el fulgor de los sueños que soñamos dormidos y que soñamos despiertos…

 

 

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