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‘Hilda’, de entrada sin salida

Por Paty Caratozzolo.

«Hilda» es la ópera prima de Andrés Clariond Rangel y está basada en la novela homónima de la escritora franco-senegalesa Marie NDiaye, que aborda el tema de los nuevos modelos de esclavitud que se dan en las sociedades supuestamente civilizadas del siglo XXI.

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La Hilda de Clariond Rangel nos sacude un análisis social y psicológico de los dos universos que conviven en México: el de los patrones y el de los sirvientes. “Por injusticias de la vida a ella le tocó servir y no que la sirvan”, se desliza en un diálogo.

La protagonista principal es la Señora Susana, la patrona de Hilda. Susana “es” a través de lo que “tiene”, en el mejor sentido frommiano: “es rica” porque tiene un marido rico y una mansión lujosa, “es sofisticada” porque tiene un guardarropa de marcas famosas y montones de objetos de arte decorando su casa, y finalmente “es poderosa” porque tiene una legión de sirvientes que la obedecen. Susana es la señora feudal del siglo XXI y podría haber tenido una existencia tranquila y apacible si no fuera porque de repente cree “ser intelectual de izquierdas” por tener una caja con recuerdos de su fugaz paso por la universidad pública. Un ejemplar de «El capital» de Marx y unas diapositivas con escenas del ’68 son el detonante para que Susana entre en una vorágine de crisis de identidad que la lleva a la locura. En ese camino de descenso a los infiernos de su propio “no ser” arrastra como cordero expiatorio al único personaje inocente que tiene a mano, Hilda.

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Susana se aferra y se obsesiona con Hilda porque quiere ser otra dejando de tener lo que tiene y en su delirio quiere pasarse de un universo al otro con una transfusión de la esencia de Hilda a su propio cuerpo. La historia se acelera, la tensión va in crescendo y los personajes se ahogan en sus propias tragedias sin oponer ninguna resistencia, como si estuvieran resignados.

Hay dos escenas que representan en forma magistral la patética fusión de esos dos universos: en la primera Susana e Hilda están vestidas con idénticos huipiles tomadas de la mano frente a un espejo: “Parecemos gemelas, las dos Fridas” dice Susana, y quedamos espantados por ese par de miradas vacías como si el espejo les hubiera robado el alma.

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La segunda escena nos muestra a las dos mujeres arrodilladas en la alfombra del lujoso vestidor de la patrona, están a oscuras mirando la proyección de las famosas diapositivas del ’68 sobre el improvisado fondo de la ropa primorosamente colgada en el closet. Las imágenes en blanco y negro, borrosas y lejanas, se imprimen en los finos brocados de los coloridos vestidos de seda. Por un instante los dos universos se funden en uno solo, por un instante tener se convierte en ser.

El acierto de Clariond Rangel es acercarnos a «Hilda» desde la comodidad de lo cotidiano, de nuestra zona de confort. La película se desarrolla en un ritmo conocido por los mexicanos: la rutina, las frases familiares, los personajes que nos rodean a diario. Tan cercana es la realidad que nos presenta que, cuando de a poco la trama empieza a tornarse surrealista no nos damos cuenta, lo asimilamos, no reaccionamos porque tampoco los personajes lo hacen. Al final la historia se convierte en historieta y los personajes en caricaturas de sí mismos, tal como nos suele pasar en nuestro pintoresco México.

«Hilda» se estrena hoy jueves 3 de septiembre a nivel nacional.

 

 

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