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«La camarista», o la tragedia de la invisibilidad

Por Alberto Ruiz Méndez.

Ganadora del Premio a la «Mejor película» en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2018, «La camarista» (México, 2018) nos cuenta la historia de Eve una joven empleada en un hotel lujoso que pasa sus días y noches arreglando los cuartos en espera de conseguir un mejor puesto de trabajo.

Como espectadores la película logra involucrarnos en su labor cotidiana, junto a Eve somos testigos de la indiferencia de los huéspedes, de la exigencia de sus superiores, de la complicidad con sus compañeros y de los breves momentos en lo que se logra una extraña conexión entre los que cohabitan temporal o permanentemente en el hotel.

La película aprovecha de forma excepcional el espacio en que converge la vida de Eve porque los pasillos, las puertas, las regaderas, el cuarto de lavado, las oficinas en los sótanos y las ventanas de los cuartos se convierten en un vehículo para que ella exprese su timidez, su enojo, su frustración, su coraje, su deseo.

Pero en la película dirigida por Lila Avilés lo más importante es lo que no se ve. «La camarista» sí es un retrato sobre la soledad pero también es un ensayo sobre la imposibilidad de ser. En el caso de Eve es la imposibilidad de ser madre, de ser amiga, de ser amante, de ser exitosa. Al igual que ella nosotros vemos la ciudad a través de las ventanas de los cuartos del hotel, pero éstas en vez de ser el umbral de salida hacia la calle, hacia su familia, hacia su hijo en realidad son un obstáculo insuperable para su libertad.

El hotel es así un monstruo de mil cabezas que se traga cada una de sus emociones, sus aspiraciones y sus esperanzas porque encadenada a un trabajo que le promete una mejor posición, somos testigos de cómo le es imposible alzar la voz, sonreír excesivamente, andar por ciertos pasillos del hotel o establecer vínculos emocionales.

 

La película también puede ser un ensayo sobre las contemporáneas condiciones laborales en las que, al igual que Eve, las personas están ya más acostumbradas a la luz artificial que a la luz del sol y en las que el dinero que ganan sólo da la vuelta entre sus necesidades básicas y el lugar donde trabajan. Pero lo más importante en «La camarista» es lo que no se ve: a la auténtica Eve y su futuro.

Con imágenes cortesía de Cine Caníbal.

 

 

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Andrés Cepeda desde el Teatro Metropólitan

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