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«La casa de papel» y el verdadero rostro de la justicia

Columnistainvitado

Por Sandyluz.

Este verano llegó a mí la serie de Netflix «La casa de papel», que más allá de su título sugerente, me dejó gratamente sorprendida por la alta calidad de su producción y guión original. Y miren que confieso ser esa espectadora exigente y desconfiada de la opinión de los públicos masivos, por tornarse viral y deslavada en las redes sociales.

Desde el título, «La casa de papel», ya establece congruencia con lo que habrá de vivirse vertiginosamente, a lo largo de los 15 episodios que conforman las temporadas 1 y 2. Por un lado, «La casa de papel» alude al espacio real, en donde van a tomar curso todas las acciones: una casa bancaria, ubicada en algún lugar de España, en donde se imprimen billetes; por otro lado, «La casa de papel» se refiere, connotativamente hablando, al espacio cerrado, frágil y restringido, en donde los personajes varios terminarán viviendo un ambiente forzado de convivencia, con “una nueva familia”, con quienes compartirán desavenencias.

El argumento: por un tiempo de alrededor de seis meses, un grupo de bizarros delincuentes ponen en marcha un plan para secuestrar «La casa de papel», con la idea de manipular los tiempos y acciones de sesenta y pico rehenes, mientras dentro de las instalaciones comienzan el operativo de imprimir una suma cuantiosa de euros, para luego emprender la fuga, fuera del país, con los bolsillos rebosantes. Cada paso, cada movimiento, fue meticulosamente planificado por el líder del grupo, el Profesor Sergio Marquina (Álvaro Morte), a quien se le escapa considerar dos variables: los rehenes tienen voluntad propia y tendrán involucramiento emocional con su grupo de colaboradores; y, él mismo, aun siendo la cabeza del operativo y estando fuera del sitio tomado, es un ser humano vulnerable, ante los efectos de la interacción social, ante los involucramientos sentimentales e imprevistos que suceden, a pesar de tener todos los hilos dentro del puño.

En esta versión contemporánea del juego callejero de «policías y ladrones» se explora la noción de que los ladrones son personas tan sensibles, humanas y empáticas, como los rehenes y como los policías rescatadores. Vestidos con overoles rojos y portando máscaras de Salvador Dalí (para salvaguardar su identidad) el grupo de usurpadores se presentan con nombres de ciudades: Tokyo, Berlín, Río, Nairobi, Moscú, Denver, Oslo, Helsinki; cada uno, con un rol dentro del plan; cada uno, poniéndose en peligro, cuando les toca remangarse, poner a un lado el arma e involucrarse, como simples seres humanos, con algunos de los cautivos. Así, en el interior de «La casa de papel» suceden peripecias trepidantes: personas con heridas de bala, enamoramientos fugaces, triángulos amorosos, confrontaciones por la lucha del poder, riñas entre los rehenes, para decidir si acatan órdenes o emprenden curso de acción independiente; todo esto dentro de la atmósfera de estrés, suspenso, humor negro y drama, que presupone la convivencia 24/7, con gente con quien nunca antes se había convivido, pero con quien se termina estableciendo amistad, hermandad, rivalidad y odio.

Cada episodio desarrolla una situación límite, que pone en riesgo el operativo de los policías y ladrones. El solvente guión introduce peripecias varias que hacen imposible predecir el derrotero de la trama. También, la interacción interior (secuestradores) y exterior (policías) se va tornando tensa y caótica, conforme transcurren los episodios, pues los factores estrés y cansancio cobran factura al cuerpo policial, quien no tiene la sartén por el mango. Esta serie discute el punto de vista de la autoridad, al poner sobre la mesa temas como: abuso de poder e impotencia, cuando las mismas leyes, que debieran apoyar, restringen y coartan; cuando el aparato burocrático y gubernamental vigila tan severamente. Luego, sucede lo inédito y enganchante: el cabecilla de los delincuentes (el Profesor) se involucra imprevisible y legítimamente con la cabecilla de los policías (la Inspectora Raquel Murillo), permitiéndonos la dialéctica y paradójica relación del captor-cautivo, bueno-malo, victimario-víctima; todo ello se torna factor de altísimo riesgo, para la misión del grupo de ladrones y del grupo de policías.

Más allá, cada capítulo muestra congruencia total, en cuanto a la evolución del conflicto inicial: lograr el objetivo de imprimir toda la cantidad de billetes y salir ilesos del sitio. Cada capítulo contribuye a una tensión dramática siempre en ascenso. Además, cada capítulo es unitario: presenta una premisa básica, con un conflicto que se desarrolla y se resuelve en el momento clímax del episodio, lo cual equivale a abrir una puerta, hacia la subtrama o historia personal del ladrón o rehén, a quien esté dedicado el episodio.

Como temáticas ulteriores, «La casa de papel» revela que toda situación presenta un anverso y reverso; siempre hay dos versiones de la misma historia y hay que permitirse pensar dialécticamente, antes de emitir un juicio. Es posible que los ladrones sean tan perspicaces, inteligentes, nobles y humanos, como los policías; es posible que detrás de las máscaras de Salvador Dalí se encuentren los rostros, las historias varias del secuestrador o del rehén más complejo, abigarrado y torcido, o bien, del más transparente, vulnerable y bondadoso; todo es cuestión de enfoques. Si bien el pretexto de la serie es la toma del sitio y el motín, lo sustancial y de mayor peso es el revelar, dentro de un escenario lleno de acciones tensas y violentas, el ángulo más tridimensional y humano de las partes varias, quienes presentan reacciones inesperadas, ante las situaciones de tocar fondo que desarrolla la trama. El resultado global es una serie episódica, en habla hispánica, magistralmente lograda, y con miras a una tercera temporada, debido a la precisa, exigente y atinada construcción de personajes que respiran con vida propia; también, debido al bien dosificado guión original. «La casa de papel» es un claro ejemplo de un producto audiovisual, masivo, pero con un previo quehacer literario, llevado a cabo con seriedad y excelencia. Luego, aguardaremos gustosos, hasta 2019, para la siguiente temporada de «La casa de papel», para averiguar quién gana y quién ostenta realmente el rostro de la justicia.

 

IMG_5743Sandyluz. “Detrás de la pluma…” Egresada del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca, de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Completó estudios de Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México (SOGEM). También terminó una maestría en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura, en el Tecnológico de Monterrey. En un plano más relajado, es aficionada a los libros y a la escritura desde corta edad; ha escrito de manera informal cuentos y poesías; con uno de sus primeros cuentos ganó un concurso local del cual obtuvo su primer retribución económica y profesional, siendo ello un significativo incentivo para seguir escribiendo. La Literatura ha sido una válvula de escape para no enfermar de realidad. La fantasía reanima el fulgor de los sueños que soñamos dormidos y que soñamos despiertos…

 

 

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