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«Las niñas bien»: el dilema entre ser y no ser (rico)

Por Eloise Cornelio Belmont.

«Las niñas bien» es el segundo filme de la directora Alejandra Márquez Abella, que presenta una exquisita fotografía de la vida de las clases altas de México, de las «señoras» que desayunan en el club y pasan horas eligiendo la mejor crema de Lancôme para verse siempre perfectas de pies a cabeza.

La protagonista Sofía (Ilse Salas), comienza la película con una voz en off, que más que narrar, remite a los pensamientos de una mujer cuya mayor preocupación es decidir si sería mejor preparar canelones para su próxima fiesta. Entre glamour y peinados perfectos, la vida de Sofía pasa tranquila, casi aburrida, entre pláticas de café con sus amigas de Las Lomas, que hablan de la muerte y del amor con una banalidad insuperable y de las prendas que han elegido usar para el siguiente evento social con una sublimidad abrumadora.

Entre todas estas charlas, en las cuáles, la cámara gira en torno a las protagonistas bien porque ellas mismas creen que el mundo gira alrededor de sus problemas, o porque en realidad nunca llegan a ningún lugar con sus exquisitas reflexiones, el espectador podría pensar que Sofía y cia. son un grupo de muñecas de plástico carentes de cualquier humanidad. Sin embargo, la perfección se derrumba con los ires y venires de la política en México, que devalúa el peso y privatiza los bancos, anunciándose como la catástrofe que desestabilizará a una de las clases más privilegiadas y a su vez, más desprotegidas de nuestro país: Sofía se da cuenta, de forma sutil, de los pequeños cambios que ocurren en su vida y cómo, literalmente, no puede hacer nada para detenerlo, más que sentarse a esperar a que la tormenta se resuelva o la arrastre junto con ella.

La historia, si bien pareciera carente de acción, es más bien una disección de un México de antaño que no es muy diferente al México de hoy día. El clasismo y el racismo están presentes en la obra de una forma tan natural, que incluso puede pasar desapercibido para quien no esté familiarizado con la mordaz clase alta de México. En The Hollywood Reporter escriben lo siguiente sobre el filme:

Their glamorous dinners need that sublime recipe for cannelloni and their children’s birthday party something unusual and spectacular, like pony rides in the garden.” (Sus glamurosas fiestas necesitan una receta sublime para preparar canelones y las fiestas de los niños algo inusual y espectacular, como ponis en el jardín). Lo que no atinan es que, esa fiesta en el jardín, está llena de miradas de desprecio que se disfrazan con un “No sabíamos si íbamos a poder venir, con lo ocupado que está mi esposo”.

La anfitriona es Ana Paula (Paulina Gaitán), de quien nadie en este exclusivo grupo puede dejar de hablar y quién se esfuerza al máximo por encajar en este mundo de ojos de color verde y piel clara, algo que en México dibuja una línea casi invisible entre los que provienen de familias con dinero y los que no. Estos “espectaculares ponis” son juzgados como de mal gusto, casi kitsch, por la sofisticada Sofía, quien a pesar de estar perdiendo todo, se mantiene tan soberbia y arrogante como sus padres le enseñaron a serlo “Mi madre siempre me decía: ‘tú eres Sofía de Garay’, tú eres Sofía de Garay”.

Aunque tal vez nuestra protagonista no entienda el peso de sus palabras, ni se haya detenido a pensar en el existencialismo de estas palabras, algo tiene claro, ella proviene de una familia de abolengo y Ana Paula no. Eso le da derecho a juzgarla, a sentirse superior y si quiere, a despreciarla. Sin embargo,esas sutilezas no quedan siempre claras para quién, ajeno a nuestra sociedad y acostumbrado a películas de corte hollywoodense, consideran que Sofía tiene miedo de ser reemplazada por la «nueva chica en la ciudad». Sofía, en realidad, tiene miedo de darse cuenta que todo lo que tiene y que le otorga ese poder, se puede esfumar y colocarla en el mismo sitio de aquellos a quien ella desprecia.

La película de Márquez Abella llega en el momento justo para un público mexicano que experimenta ese mismo temor y se tambalea en la misma incertidumbre. Con los cambios políticas actuales, el país parece dividirse entre aquellos que abrazan el «populismo» de ciertos candidatos como la opción que traerá un cambio positivo a México, y otros que lo rechazan terminantemente, que lo ven como el fin de sus privilegios y lo que arrasará con su estabilidad social y económica.

La escena final es soberbia, mostrando al México que pocos quieren reconocer: el del lugar en donde todos aprendemos a luchar, a defender lo propio en un territorio hostil e indiferente al otro, incluso si esta lucha se realiza desde una jaula de oro. Sofía también intentará «defender como un perro» su glamour, su dinero y su posición social, a agredir a quien amenace con quitárselo, en un país donde eso es lo único que la protege de la crueldad que vive una sociedad que ha aprendido a reír para no llorar. Casi con un tono telenovelesco, Márquez Abella logra mostrar esta discreta crítica social, que sin duda demuestra que el cine mexicano se sigue reinventando constantemente.

 

«Las niñas bien» estrena mañana viernes 22 de marzo en cines nacionales.

Imágenes cortesía de Cinépolis Distribución.

 

 

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