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Lealtades y traiciones entre lo mexicano, lo indígena y lo propio

Columnistainvitado

Por Sandyluz.

Con el tema de “lo mexicano” sobre la mesa (a propósito de «Roma» de Alfonso Cuarón y de los próximos Óscares) ¿cómo no traer a colación a una Elena Garro, tan costumbrista y filial, con los referentes y tradiciones de nuestro país? En esta ocasión, es mi turno con un cuento suyo bastante famoso: “La culpa es de los tlaxcaltecas”, narración, en donde explora lo regional y el infalible tema del amor que todo lo puede, dentro del marco del realismo mágico, estilo por demás fascinante.

El cuento inicia así: “Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. (…) La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre” (Garro, 2015: p. 3). Y con esta “intrusión” de la patrona silenciosa a su cocina, arranca la narración de una serie de peripecias misteriosas, en torno a la conducta errática de la señora Laura, quien, luego de un extravío en la ciudad de Guanajuato, no vuelve a ser jamás la misma. Nacha, la sirvienta indígena, quien es a la vez confidente y bálsamo, le conoce los secretos y el sentir ulterior, pues ha arropado a Laura en la calidez del fuego del hogar, mientras ésta se desnuda, mediante un monólogo casi delirante. Nacha, laboriosa y silente, empatiza con su patrona Laura, pues, desde su cosmovisión étnica, la magia y los milagros habitan en medio de nosotros y a plena luz del día.

El relato consta de dos realidades que conviven: la realidad de la época actual, en donde Laura es la ataviada esposa de Pablo; y la realidad onírica o supuesta, donde una Laura confundida asegura haber entrado en contacto con su esposo-primo de otra vida, un indígena del siglo XVI, cuando el auge del imperio Azteca; así, convergen en el imaginario de la misma persona (Laura) la realidad espacial del México contemporáneo, y la realidad histórico-espacial de la Gran Tenochtitlán. En ambas vidas, Laura es resguardada por la figura del macho esposo. Ambos varones ponen en manifiesto su contrastada forma de concebir las relaciones de pareja: una civilización posmoderna, prejuiciosa y machista, versus una civilización precolombina, aparentemente retrógrada.

A partir de que Laura se encontrara por primera vez con esa imagen de un pasado remoto, las piezas del rompecabezas la arrastran más y más hacia las reminiscencias de una vida pasada, donde fue tan bien amada por su pareja de vida: el primo que la vio crecer, y que, en el momento de su reencuentro, se halla en medio de una batalla cruenta e infatigable, entre los aztecas, y sus siempre enemigos, los tlaxcaltecas. En dicha realidad, Laura se reconoce traidora, pero siempre amada y protegida, pues el malherido esposo hace lo que puede para acudir a su lado, y luego regresar al campo de batalla: “Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada, hecha de cosas que no existían” (Garro, 2015: p. 24). Laura se asume “traidora” porque, en su discurrir entre sus dos vidas, entiende que su esposo indígena se ha percatado de que ella tiene otro hombre, traicionando el lazo inquebrantable que establecieron ambos siglos atrás, y que trasciende la muerte.
En la realidad de la época actual, Laura se encuentra resguardada por Pablo, su esposo, y por Margarita, su suegra, quienes manifiestan preocupación por su plática errática. Les aflige que, cuando Laura se extravió en Guanajuato, fue acechada por un indio que la ha seguido hasta la ciudad de México; su vestido sucio y con manchas de sangre la delatan. Solamente Nacha sabe la verdad y le cree a Laura, pues, además de ser la empleada-nana fiel, es indígena y puede permitirse creer “en estas cosas”.

Conforme avanza la trama, el buen prestigio de Laura, como la pulcra señora de la casa, deviene en “la loca” incoherente que se ha vuelto a escapar. Pablo, el esposo prudente y amable, termina exasperándose con ella, hasta el grado de maltratarla física y psicológicamente. Con ello, la autora pone en duda que los hombres antiguos, de las supuestamente incivilizadas sociedades indígenas, hayan sido personajes violentos e insalvables, en terrenos del amor. Laura encuentra total empatía y consuelo, en su pareja indígena del pasado, en contraste con la incomprensión y violencia, que experimenta con el hombre blanco, europeizado y urbano.

Por otro lado, “La culpa es de los tlaxcaltecas” ya con su título revela, con fina ironía, cómo el sentido común mexicano tiende a achacar los errores y rezagos del progreso a la parte indígena del mestizaje, sin reparar si quiera que nuestra herencia europea pudiera ser brutal, machista, irascible y adicta al poder. En un plano connotativo, es altamente sintomático cómo Laura prefiere fundirse con sus recuerdos del pasado, es decir, con su realidad onírica, a costa de su cordura y de sembrar recelo con los de su clan contemporáneo. Nacha es la excepción: comparte la cosmovisión de la Laura precolombina; así, comprende que su señora tiene la bendita oportunidad de reunirse con el auténtico hombre de su vida.

El cuento tiene el toque misterioso de la corriente literaria realismo mágico, gracias a los elementos sospechosos y tétricos que no se explican, como el coyote que anuncia la llegada del esposo-primo-fantasma. También, al final queda incierto el paradero de Laura, quien simplemente se marcha y vuelve a extraviarse, en medio de la cerrada noche. Estructuralmente hablando, el cuento se robustece con la ruptura de la línea espacio-temporal: el que concurran, en un mismo personaje, dos espacios físicos y dos épocas distintas abre la historia hacia ángulos mágicos e imprevistos, como un prisma de caras varias.

El toque realista de la historia lo aporta la interacción dialogada de los personajes, quienes reflexionan con viva voz, para intentar explicar los eventos (mismos que parcializan y malentienden). Todo lo contrario, el fluir poético del discurrir de Laura y de su esposo-primo, ya sea charlando, ya sea reflexionando por separado.

En todo caso, “La culpa es de los tlaxcaltecas” enseña a no discriminar nuestro pasado histórico, pues podría sorprendernos la ironía de que nuestra pureza se diluya y nos extinga, cuando no queden remanentes de sangre indígena en nuestras venas. Después de todo, Nacha abandona la casa, dejando a Pablo y a Margarita, los grandiosos Aldama, obnubilados y su suerte.

Referencias: Garro, Elena. «La semana de colores». México: Porrúa, 2015.

IMG_5743Sandyluz. “Detrás de la pluma…” Egresada del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca, de la carrera de Ciencias de la Comunicación. Completó estudios de Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México (SOGEM). También terminó una maestría en Estudios Humanísticos con especialidad en Literatura, en el Tecnológico de Monterrey. En un plano más relajado, es aficionada a los libros y a la escritura desde corta edad; ha escrito de manera informal cuentos y poesías; con uno de sus primeros cuentos ganó un concurso local del cual obtuvo su primer retribución económica y profesional, siendo ello un significativo incentivo para seguir escribiendo. La Literatura ha sido una válvula de escape para no enfermar de realidad. La fantasía reanima el fulgor de los sueños que soñamos dormidos y que soñamos despiertos…

 

 

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