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Perder una final más… y seguirle yendo al Cruz Azul

la-ballesta
Por Asfaltos
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A todos los que como yo, le seguimos yendo al Cruz Azul…

Caía el segundo gol del América en la final de vuelta del torneo de Apertura 2018 el pasado domingo 16 de diciembre, y sin embargo seguía yéndole al Cruz Azul. La derrota calaba, pero para serles franco ya la veía venir desde el primero de los dos goles que metió el odiado rival. Los fantasmas se dejaron ver en cuanto los miles de aficionados que estuvimos presentes en el Estadio Azteca esa noche, nos percatamos que nuestro amado equipo volvía a regalarnos una noche de extravío… Desde la banca el «Jerry» Flores, uno de los tres titulares «sobrevivientes» de aquella final también contra el América pero de 2013, nos hizo sentir un poco lo que queríamos ver en sus 11 compañeros en la cancha.

Acudí al partido acompañado de mi amiga Mariana y de toda su familia; todos ellos aficionados azules de los que merecían esa noche un poco de gloria. La vibra previa era de auténtico nerviosismo. Quizá, que llegara yo un tanto crudo -por una borrachera previa, donde obviamente pedí campeón al Azul-, me evitaba sentir el nerviosismo previo en pleno; sin embargo, en cuanto pitó el árbitro el inicio del partido, todo se me dejó venir. Éramos una mayoría Azul, de eso no me queda la menor duda, pues en los duelos entre las aficiones nosotros ganamos esa noche. El primer tiempo fue trabado: no fue para nadie, como el partido de ida.

La primera vez que vi perder a Cruz Azul una final de liga, fue tremendo para mí. Contaba con apenas 13 años y ya me dolía demasiado. Fue aquella final contra el Pachuca, final, que por cierto, no merecíamos perder; pero que el Pachuca tampoco pues traía un equipazo, mismo que significó el inicio de una época dorada para los de Hidalgo. Cruz Azul, en sus inicios, comenzó en Hidalgo; quizá era nuestra manera de «devolverles» el favor. Aquella vez recuerdo que lloré, lloré mucho. Después subí a mi cuarto y quité de mi pared el banderín y el póster que tenía del equipo. A la mañana siguiente los volví a colocar.

La segunda final de liga que me tocó ver perder, fue en el Clausura 2008 contra el equipo de Santos. En la ida, que se jugó en el Estadio Azul, me tocó estar en las gradas. Habían pasado ya varios años de mi abandono del equipo, sin embargo, por un buen amigo -que por cierto le va al América-, volví a ilusionarme con mi Cruz Azul; y sin embargo volvimos a perder. Para la tercera final que me tocó ver perder, el rival fue el Toluca… ¡Caray, esa sí la merecíamos ganar! En tanda de penales -pinches penales, pinches tiempos extra-, el equipo perdió después de que no se nos marcara un tiro penal en contra de un César Villaluz quien después de eso apagó su estrella. Eso fue en el Apertura 2008, cuando se empezaba a hablar del «subcampeonísimo», cuando se nos empezaba a «molestar». La cuarta final fue un año después, en el Apertura 2009«Chupete» Suazo. Merecimos perder, ahí sí merecimos perder.

Regresar a una final ilusionaba una vez más; hacerlo contra el América nos llenaba de agallas, pero también nos hacía temer una derrota más por segunda ocasión. Al momento, en la historia de los fracasos recientes de Cruz Azul -innegables, no hay duda de ello-, la más dolorosa llaga la habíamos vivido -y sigue siendo a pesar de la más reciente- aquella final contra el América, aquella final que por minutos teníamos ganada. No era perder, como escribía en un tuit que subí el día del partido de ida de la más reciente final, era no morirse con la camiseta. Perder es parte del deporte, pero hay de formas a formas de perder. Así sucedió el pasado domingo 16 de diciembre, con un equipo que se sintió sin ganas, que no se moría con la camiseta…

Salíamos de la parte alta del Estadio Azteca. Mariana y una de sus hermanas lloraban desconsoladamente. Atrás dejamos a unos aficionados que equivocadamente «enfurecidos», decidieron sacar su frustración con golpes contra alguien que no es su enemigo -quizá su rival deportivo, pero jamás su enemigo-. Mientras bajábamos por las rampas del estadio escuchábamos un nuevo grito. ¿El tercero, habrá sido? No lo supe hasta el día siguiente. «Sólo fueron 2 los que nos clavaron». Luego, poco después, otro alarido, otro grito de júbilo de parte de quienes permanecían en el estadio. «El silbatazo final, seguramente», pensé. Me acerqué a Mariana, la abracé, no sabía qué decir. Yo estaba igual, perplejo… pero quizá no tanto. La mamá de Mariana se acercaba a mí, no recuerdo qué me dijo, pero sí lo que contesté: «ya estamos curtidos».

Aquella noche en el Estadio Azteca cargaba yo con una de mis banderas del Cruz Azul, la que ondeé orgulloso en la semifinal de la Copa Libertadores 2003 contra el River Plate en ese mismo estadio. ¿Por qué no llevé mi playera? Porque ya no me queda… Al despedirme de la familia de Mariana guardé mi bandera en uno de los bolsillos de mi chamarra color Azul, Azul siempre. Caminé y caminé hasta que hallé un camión. Unos aficionados al Cruz Azul subían excitados; uno de ellos con mucha sangre en su playera. No quise adivinar lo que había sucedido, aunque al final lo hice. «Voy a quemar esta playera, ¡lo juro!», decía uno de esos dos aficionados. Yo, sacando mi bandera, la volví a portar con orgullo. Silencio de parte de dos aficionados al América que estaban frente a mí; hasta que una de ellas, la más chica, me volteó y me dijo que Cruz Azul merecía más por lo hecho en el torneo. Le sonreí.

IMG_5743Asfaltos. Sobrevivo en una ciudad junto a millones de personas. ¿Mexiqueño? Me enamoro rápido y olvido difícilmente. Amo la música, el cine, los cómics, las mujeres y -últimamente gracias a los servicios de streaming– las series también. Vivo la vida a través de letras y melodías. Músico frustrado. Me pueden encontrar escuchando U2, Radiohead y Coldplay; así como Grand Funk Railroad, Styx y Eric Burdon; Chetes, Jumbo y Siddhartha; y hasta Jesse & Joy, Silverio y Aleks Syntek. Batman y Star Wars mis pasiones; también el Cruz Azul, pero ya saben… subcampeonísimo. Sobreviviente y náufrago; ermitaño que odia la soledad.

 

 

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