Por Aranzazú Martínez Galeana.
Hay un punto donde las noticias sobre la ola de violencia que existe en nuestro país en lugar de impactarnos, como lo hacían al principio, nos vuelven impermeables a la realidad que existe más allá de nuestro mundo. Cifras y estadísticas sobre crímenes cada vez más despiadados y sanguinarios, fotografías de personas torturadas o encabezados en diarios amarillistas (y los que no lo son tanto) se vuelven parte de una realidad que en lugar de hacernos cuestionar, por momentos damos por predestinada y por ende, fatídica. Sin embargo, cuando la víctima en cuestión es una persona cercana a nosotros, las cosas cambian. Es aquí cuando todo lo anterior cobra un sentido distinto y con mayores matices de los que podríamos pensar inicialmente; es aquí también cuando nos damos cuenta de qué tan cruel y despiadada es la violencia, y en muchos casos (como el que les comentaré), lo francamente insultante que es el cinismo por parte del Estado.

Quebrando espíritus.
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