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Por Diana Bravo.
En lo que va del año hemos presenciado un ritual político ya conocido por los habitantes de este país: el llamado proceso electoral. Es este el momento en el que se culmina el final de un sexenio (afortunadamente para muchos) y en el que por ley debe decidirse el próximo gobernante de México. A simple vista el proceso de elección del nuevo presidente pasaría por un proceso exitoso, normal y puramente democrático que entre miles de spots del IFE que pretenden enorgullecer el estado democrático de la sociedad mexicana, los comentarios exagerados de los principales medios de comunicación, una resolución legitimada por el presidente actual junto con algunos otros jefes de estado alrededor del mundo a simple vista pasaría por un proceso exitoso, normal y puramente democrático. Es entonces cuando las afirmaciones sobre un posible fraude, aunadas a la impugnación legal realizada por uno de los participantes de la elección en cuestión suena absurda, y casi irreal. ¿No es esta una situación verdaderamente surrealista?











