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Trabajar y trabajar hasta que no quede tiempo de nada

Por Daniel Higa Alquicira.

Esta era una de las recomendaciones que hacían los adultos cuando era niño: trabajar y trabajar hasta que no quede tiempo de nada. Obviamente era una manera muy exagerada de referirse al esfuerzo que todos deberíamos hacer para alcanzar un buen nivel de vida, pero parece que esto se ha materializado en algo preocupante y aberrante.

Para nadie es racional ni lógico que dediquemos toda nuestra existencia al trabajo, que no quede tiempo para la recreación, la cultura, la diversión o la vida social. Esto es como si nos convirtiéramos en máquinas o en esclavos.

Pero según el estudio “México 2018: otra derrota social y política a la clase trabajadora; los aumentos salariales que nacieron muertos”, realizado por especialistas del Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la Facultad de Economía de la UNAM, la realidad es que con el salario mínimo que tenemos, necesitaríamos trabajar más de 24 horas para poder comprar los benefactores básicos.

“En 1987 le restaban al trabajador 19 horas y siete minutos para transportarse, comer, asearse, convivir con su familia, salir a pasear y dormir, entre otras actividades, y para octubre de 2017 el tiempo necesario para comprar la canasta ha sobrepasado un día completo”, dice el estudio.

Esto tomando como medida lo que cuesta la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR) para el bienestar de una familia de cuatro integrantes en relación con el salario mínimo. Así, en 1987 solo se “requería laborar cuatro horas con 53 minutos para obtener esta canasta básica, mientras que para el 26 de octubre del 2017 eran necesarias 24 horas con 31 minutos”.

Un dato más que aporta este trabajo: “la pérdida acumulada del poder adquisitivo en treinta años, del 16 de diciembre de 1987 al 26 de octubre del 2017, es del 80.08%, medida de acuerdo a la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR)”.

Esto es realmente grave dada la tendencia que marcan estos números, ya que para recuperar en cierta medida el poder adquisitivo que tenían los trabajadores hace 31 años, se necesitaría un aumento salarial descomunal y fuera de toda proporción para que pudieran acceder a todos los benefactores que sobrepasan las necesidades básicas y que significan una buena calidad de vida.

Y entonces tienen razón los políticos cuando dicen que en México nadie vive con un salario mínimo porque literalmente es para morirse de hambre –y no es eufemismo–; pero lo peor de todo, es que también mienten las mediciones de pobreza, ya que de acuerdo a estos parámetros planteados por los economistas de la UNAM, seguramente la gran mayoría de los mexicanos (más del 90 por ciento) estamos en algún nivel de pobreza: material, educativa, alimentaria, etc.

Y cada año las cosas se han puesto peor. En octubre de 2016, esta canasta -que no incluye renta, vestido, calzado o educación para los hijos, dice el estudio–, costaba 218.06 pesos y en un año se incrementó a 245.34 pesos; por lo cual “tuvo un aumento de 27.28 pesos, que representan una variación del 12.5 por ciento, la variación anual más grande desde mediados de la década de los 90”.

¿Y los salarios? De 2016 a este año han tenido un aumento de 15.32 pesos, pero tal como lo afirman los investigadores, “el aumento de precios de la CAR ya se comió en un año los incrementos de dos años, e incluso parte de lo que se anuncie para 2019”.

Si a esto le sumamos los niveles inflacionarios de finales de 2017 y que para este año pronostican serán de al menos 5 por ciento con sus bajas y sus altas, las cosas se ponen realmente dramáticas para todos los mexicanos –menos lo que son millonarios y aquellos que se creen ricos y que aseguran no resienten nada de esto–, y la realidad indica que no hay manera de cambiar esta situación que lleva décadas deteriorándose paulatinamente.

¡Esta es la economía real que vivimos los mexicanos!

Foto: MIKI Yoshihito.

 

 

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