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«Chicuarotes» y la lejanía de su autoproclamada «poesía colectiva»

Por Asfaltos.

Al sur, prácticamente en las afueras un tanto -o un mucho- olvidadas de la capital mexicana, se encuentra la comunidad de San Gregorio Atlapulco, sitio azotado por la enorme marginación que priva en varios puntos de la «cosmopolita» Ciudad de México. En ese sitio, atrapados y sin aparente salida, sobreviven a su manera dos adolescentes a los que apodan «Cagalera» y «Moloteco». En la primera escena observamos que la «hacen de payasos» para ganarse unas monedas, hasta que motivado por la indiferencia de los demás, es el «Cagalera» quien toma un arma y les amenaza.

Inspirado en el día a día de un país en donde las diferencias sociales son marcadas y sin duda ofensivas, el actor Gael García Bernal se puso por segunda ocasión detrás de las cámaras de un largometraje con «Chicuarotes». «Chicuarotes», como también se les denomina a los oriundos de San Gregorio Atlapulco, es una cinta que profundiza en las dificultades de sus dos personajes principales por progresar; y sí, el camino lleno de trampas y peligros por los que han decidido transitar.

«Cagalera», interpretado de manera muy fresca por Benny Emmanuel -reciente ganador del 61° Ariel como «Mejor revelación actoral»-, es un joven quien vive junto a sus dos hermanos (una niña y un joven), su amorosa madre y su alcohólico padre. Su día a día lo pasa junto al «Moloteco», y en parte también, junto a su dulce novia Sugheili. En medio de un caldo de cultivo que termina por ser hostil y violento, «Cagalera» ve pocas luces hacia el final del camino, en contraste con lo que sucede con todos los demás personajes de la cinta.

La intención de Gael García Bernal, en sus propias palabras y a lo largo del reciente tour de medios para promocionar «Chicuarotes», era «darle una vuelta a ‘Los Olvidados'». A la aseveración, le suma en una entrevista con el crítico de cine Silvestre López Portillo: «‘Chicuarotes’ es un poema colectivo». La ambición de García Bernal por el resultado de su película no deja de ser evidente al momento de observarla. Su drama está construido para resultar precisamente ese «poema» que tanto pregona… sin embargo, la poesía, a mi entender, no es mas que la sublimación de un arte; y no, «Chicuarotes» no es la sublimación del cine.

La falta de amor hacia el personaje de «Cagalera» es la que termina por llevarlo hacia la resbaladilla sin fondo por la que terminará tirándose con toda la intención. Sin embargo, esa supuesta falta de amor, no queda del todo clara en la película. Su madre, si bien pasiva frente a su padre, le ama; lo mismo su hermana y su hermano también. Ni hablar del «Moloteco», su fiel amigo y escudero; también la inocente Sugheili, voz de la razón y quien nunca termina por revelarle algo que por lo menos, llegamos a suponer -y que sí, bien podría haber cambiado la trama de la historia-. El reclamo no está en lo que Gael García Bernal nos quería contar, sino en la forma en la que finalmente lo realiza; como por ejemplo dejando a un lado los elementos anteriores.

Usando el género melodramáticos sin la sutileza, pericia y hasta «humor» del propio Luis Buñuel de «Los olvidados» -con el que él realizador de «Chicuarotes» se compara-, Gael García Bernal termina por entregar un trabajo que se percibe un tanto forzado y por lo mismo también un poco falso. Es cierto que como parte de la trama el director no deja de meter algo del humor que le conocemos inclusive como parte de su carrera actoral, pero todo se siente metido con calzador. Son, elementos, que terminan por resultar más al servicio de la pretensión que de la historia misma. Parece más un melodrama de televisión, de esos que se han vuelto tan populares y comerciales, que una película cercana a esa mencionada «poesía colectiva».

No desdeño sin embargo las actuaciones del elenco juvenil encabezado por el ya mencionado Benny Emmanuel, y complementado por Gabriel Carbajal como «Moloteco» y Leidi Gutiérrez como Sugheili. El trabajo que Gael García Bernal ejecuta con estos jóvenes es de lo más destacado de la película. Sobre todo lo de Carbajal y Gutiérrez, quienes complementan sus actuaciones con silencios y miradas, más allá de los diálogos que también les toca decir frente a la pantalla.

 

«Chicuarotes» a mi parecer no es un desastre de película, pero sí queda a medio camino precisamente -e irónicamente también- por las ambiciones planteadas. Hubiera sido interesante encontrar un camino en el que sin pretender reinterpretar a «Los olvidados» ni llegar a esa «poesía colectiva», el realizador redondeara una cinta que fuera más cercana a ese cine que admira, en lugar de los melodramas televisivos que seguro no resultan de su predilección.

«Chicuarotes» estrena hoy jueves 27 de junio en cines nacionales de Ciudad de México y Área Metropolitana, en los complejos Cinépolis y Cinemex; así como en las salas de Cine Tonalá, Cinemanía Loreto, Cineteca Nacional y Movie Company. Ya lo saben, la última palabra no deja de ser la suya.

Con imágenes cortesía de Cinépolis Distribución.

 

 

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