El viaje que paró en Fidel

Columnistainvitado
Por Verónica Orihuela Vera
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El viaje de los acontecimientos. A propósito de la muerte de Fidel.

Habíamos planeado el viaje todo el semestre, Cuba era un lugar que nos parecía exótico y desde luego su música y gente nos parecían realmente interesantes. Tantas cosas había oído de Cuba, que sí te robaban el champú o los pantalones Levi’s, que si se te ofrecían en la calle las mujeres , que si había un policía en cada esquina, que si Fidel tenía un gran ojo que abarcaba todo el cielo, que si esto, que si el otro, tantas y tantas historias que la única forma de confirmar todo era visitando Cuba. Y como no, si es un paraíso, sus playas, su gente, su música, eso al menos ya me bastaba como motivación.

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Decidimos viajar a La Habana y Varadero durante las fiestas del 26 de julio pues consideramos que la visita bien merecía la atención por las fiestas conmemorativas y el carnaval. Con ninguna idea de qué exactamente esperar, o mejor dicho sí, con la expectativa de estar todo el tiempo vigilados y vigilando pero disfrutando del lugar, así que compramos nuestros boletos de avión y reservamos en un hotel cuyo nombre no recuerdo, pero definitivamente no vale la pena apuntarlo.

I. Vamos a entregarle una medalla a Fidel. ¿Vengan? – No señora.

Desde el aeropuerto comenzó una cadena de eventos que harían del viaje algo realmente singular. En aquel tiempo yo trabajaba en una radio cultural y producía un programa sobre música al que habíamos invitado en un par de ocasiones a la señora Bertha Zapata, quien representaba un grupo de mexicanos pro Cuba. Pues fue una sorpresa encontrar en la ventanilla donde expiden el pase de abordar a Bertha quien no tardó ni un segundo en comentarnos que iba al mismo destino que nosotros con un grupo de mexicanos a entregar la medalla Benito Juárez a Fidel Castro, evento al que nos invitó no se si en ese tipo de invitación mexicana típica de “donde come uno, comen 10”, o tal vez como prensa, dado que un compañero y yo éramos empleados de aquella radio cultural. Ok sí, me vi inocente, era como prensa. Íbamos 4 personas viajando armados con cámaras profesionales porque en 2000 no había celulares con cámaras aún, o al menos no en México, y dos de mis amigos son fotógrafos súper pro. Los 4 podríamos ir a la ceremonia donde entregarían la distinción al comandante e incluso hospedarnos en el Hotel Nacional donde los asistentes a tal evento estarían también. Yo, amante de mi privacidad que tenía años de no viajar e iba en plan vacacional cien por cierto y de descanso porque ese semestre en la universidad donde también trabajaba, habíamos tenido tanto trabajo, inmediatamente deseché la idea de ir con ese grupo y menos desperdiciar lo gastado en nuestro hotel para ir al Nacional, que por el nombre ya me parecía bastante institucional; tampoco quería tener una agenda que no fuera la nuestra y la de descansar, y hacer lo que verdaderamente nos estuviera permitido y nos viniera en gana. Así que un rotundo “no” fue mi respuesta. Después nos arrepentiríamos, yo sobre todo, al ver nuestro hotel y pasar por el Nacional al que estábamos invitados, pero esa, esa no es la historia aquí de la que sólo diré: mis acompañantes me odiaron.

Tan pronto llegamos a nuestro hospedaje, sonó el teléfono, ¿quién creen que era? Sí, sí y sí, la señora Bertha Zapata que no quitaba el dedo del renglón. De pronto advertimos que si iban a darle esa medalla a Fidel, era a Fidel en carne y hueso, no era una leyenda, no era por la radio ni lo íbamos a ver en TV, era Fidel y nadie más y bueno, se trataba de una figura polémica pero histórica. Entonces comenzó la discusión, que si era un dictador que maltrataba a su pueblo, que si no porque esas son las historias que te cuentan en Estados Unidos, que si se había percatado que lo iban a matar cuando estaba en la ONU, que si era omnipresente, omnipotente y en fin, narraciones, interpretaciones, discusiones entre nosotros hasta que acordamos ir porque nadie nos iba a dar jamás esa gran oportunidad de ver a un líder histórico así nada más, de modo que el orgullo y la ideología de algunos quedó de lado y ahí estábamos. Por cierto, fuimos acreditados como prensa. El lugar era una especie de centro de convenciones, la sala estaba llena de periodistas de México por supuesto, pero también de otros países y desde luego de la televisión nacional de Cuba y la radio. Fidel tardó en aparecer, hace 15 años de eso, no me pidan exactitud en datos irrelevantes, el chiste es que apareció ahí con una figura imponente, con su traje verde olivo acostumbrado. Vinieron los discursos y la entrega, en medio del show, uno de mis compañeros de viaje gritó con absoluta emoción y con toda la gana de “fanear”: “¡Qué tiene Fidel, qué tiene Fidel, que los pinches gringos no pueden con él”. Ante mi mirada represora decidió acallar el grito que para el momento del cruce de miradas entre nosotros ya había cobrado varios aplausos y muchos ecos; entonces yo por lo menos me sentí un poco en casa, el ambiente se relajó, porque todos estábamos muy tensos y durante más de una hora escuchamos el ya conocido largo discurso de Castro que desde luego fue alusivo al Benemérito de Las Américas, además de citar varias frases de José Martí. El evento terminó, ante un gran dispositivo de seguridad propio de un jefe de estado amenazado de muerte con cientos de intentos de asesinato y no exagerado, es decir, sí había varios guaruras pero no más del número que años después, por mi trabajo, pude ver que otros presidentes -incluido el de México- tenían. Fidel seguía en ese auditorio y había caminado hacia los asientos para saludar a los asistentes que se encontraban cerca del frente. La gente se acercaba para siquiera tener una mirada cercana al Comandante; en eso mi compañero gritón brincó rápidamente una fila para acercarse a Fidel, lo que desde luego provocó movimientos de la misma velocidad por parte de su seguridad, cuando de pronto el tiempo se pausó para mi gritador amigo: Fidel le extendió su mano al ver que había brincado sólo para hacer lo mismo. Con una mesa de por medio y yo a 3 personas ví la escena, la retraté con mi cámara casualmente de marca rusa Zenit (seguro no fue por comunista, no empiecen a juzgarme; era muy barata y a mi padre le pareció que era suficiente para que su hija miope tomara fotos barridas, o sea borrosas). Debo decir que esa y otras fotos no están aquí porque años después por cuestiones personales cedí esas imágenes al compañero gritón. Aquí tendremos algunas del viaje en general que a nadie le importan, pero igual sirven para ilustrar esta narración bajo la mirada miope de su autora.

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II. Qué raros los cubanos.

Otro día del viaje, el 26 de julio, asistimos a un mitin por el aniversario del Asalto al Cuartel Moncada. No pudimos llegar hasta el frente porque eran ríos y ríos de gente; no había cientos, había miles, quizá millones. Eso detonó la siguiente discusión entre nosotros, que si eran acarreados como los del PRI, que si sus mentes eran manipuladas con la ideología marxista, que si el comunismo era malo, que si el tirano de Fidel los hacía marchar porque si no perdían su empleo, su comida y probablemente hasta su vida; que si ellos realmente iban con gusto, que si eran respetuosos con su patria, que si el asalto a ese cuartel era acto verdaderamente heroico, que si “mira la oficina de Estados Unido”, que sí… En eso andábamos cuando todas las miradas a nuestro alrededor se dirigieron al cielo donde apareció un helicóptero y todos saludaban y gritaban Fidel, Comandante, vivas y porras. Nosotros callamos, no sólo para escuchar, sino porque lo que ahí estaba sucediendo cerró nuestras bocas y por lo menos en mí, me dio una buena lección; los libros no siempre los escriben los verdaderos protagonistas, sino pregúntenle a Fray Bernardino de Sahagún. La gente estaba ahí con sus hijos, respetuosamente saludando, vitoreando a Fidel mientras él desde esa nave saludaba, todo eso era una imagen verdaderamente impactante, yo por lo menos en México nunca había visto tal respeto y devoción por alguno de nuestros gobernantes, en cambio había escuchado mentadas de madre, señas obscenas, pancartas con figuras del presidente caricaturizadas hasta en los informes de gobierno; tampoco había visto que nadie fuera a un mitin sin ganarse una torta, una gorra, playera, tarjeta de super, etc., etc,, etc.; esto era natural, qué extraña gente que va a celebrar a sus héroes y aplaude a su gobernante considerado dictador. Eso pasó por mi cabeza, qué raros los cubanos sin manifestar sus malestares sociales en un mitin, eso nunca se ha visto.

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III. ¡Sorpresa! Carnaval suena en Cuba.

“Todo aquel que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, ¡hay que vivirla.”

Por aquellos tiempos sonaba muy fuerte en las fiestas “La vida es un Carnaval” interpretada por Celia Cruz, apenas comenzaban los primeros acordes y la gente se levantaba inmediatamente a bailar, en México no había baile de quince años, boda o graduación cuyo DJ excluyera esta canción o sea, no hubo fiesta sin “carnaval”. Al mismo tiempo se leía en diversas revistas de chismes y no textos enteros dedicados al odio de Celia a Fidel por no dejarla pisar Cuba de nuevo, era una constante escuchar, leer y ver eso, pero a los veintitantos uno no piensa más allá de “qué mal está”, uno nada más sigue bailando.

Cuando antes de ir a Cuba me puse a leer varias cosas para entender mucho de lo que visitaríamos apareció el tema Celia, realmente consideré que era ya un asunto personal pero que finalmente ella era la bandera de muchos que vivían en Miami. Con esta información mis amigos viajeros y yo no esperábamos escuchar a Celia, digo era obvio, el régimen era tan autoritario que lo coherente era sacar a esa mujer de cuanto lugar pudiera hacerla sonar, llámese radio, televisión y cualquier cabaret, antro o bar que tuviera música. ¡Oh sorpresa! En plena La Habana “La vida es un Carnaval” suena en EL CARNAVAL el 26 de julio, y no sólo ahí, en todos los bares, restaurantes, en vivo, grabada. ¡Qué ironía! ¡Qué incoherencia!

Sí, ya pueden hacer deducciones, obvio, fuimos al carnaval, bailamos, bebimos cerveza terrible caliente y sin alcohol, coqueteamos siempre con la mirada desconfiada de quien piensa “hay alguien vigilando” y luego lo olvidamos y sólo sentimos, o yo por lo menos, sentí a la gente, sentí el gozo, la sonrisa, el baile, la sensualidad, el aire de La Habana, el español ininteligible pero musical de los cubanos, todo era como una película, una especie de sueño, eso sí, situado en los 70 o menos décadas porque esos “almendrones” eran viejos, anticuados, estaban para placas de carro de museo, pero a quién le importa si puedes reír, bailar, vivir y por ratos distraerte y carnavalear.

Hicimos esa actividad tan turística del “Cañonazo” que simboliza el cierre de la ciudad en La Habana rememorando los tiempos de la colonia española. Ahora declarada Patrimonio de la Humanidad, la ceremonia del “Cañonazo” constituye una de esas actividades obligadas a las que personalmente no me gusta asistir pero hay que hacerlo para conocer y aprender. Me parecía que era como en México, esos momentos o espacios que son tan hechos para el turismo que pierden su verdadera esencia lo mismo que fue La Floridita y El Tropicana al que desde luego no fuimos y ahí sí, “tooooodos” estuvimos de acuerdo; ya era suficiente la Casa de Hemingway como para andar gastando en esas cosas.

Poco antes de tal ceremonia, estuvimos sentados en el malecón, viendo parejas sostener romances intensos, tan cálidos como ese calor de verano en la isla; unos tocaban música, otros la tarareaban, otros pasaban y nos pedían dólares, una mujer embarazada se acercó a uno de mis compañeros de viaje y le ofreció su cuerpo, la respuesta evidente fue negativa acompañada de una cara de sorpresa, miedo y desagrado. Nos fuimos para luego discutir sobre la prostitución y recalcar la razón que tenían todos acerca de las mujeres en Cuba: se te ofrecían por dinero, ¡qué barbaridad!, ¿eso dónde se había visto? Alguien dijo, es tal su desesperación por tener más y por salir que casi te ruegan que vayas con ellas y yo pensé, la misma necesidad de las mujeres en Sullivan, es tal su hambre y otras cosas más, que la esquina se vuelve su oficina y el sexo su moneda de cambio. ¿Dónde carajos se ha visto eso, que te pidan sexo por dinero?

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IV. Tan miope que no lo he visto en tres viajes.

Muchas cosas pasaron en ese viaje, no he contado ni la mitad pero 14 años después en los que además hice un par de visitas más, la última en 2014 al Festival de Cine, puedo decir sin ánimo a equivocarme que lo único que he visto es sí, un pueblo carente de lujos y de comodidades -sobre todo el primer viaje donde la comida era realmente espantosa y los lugares llamados paladares eran caros y malos-, pero que al menos en 2014 pude apreciar un gran avance en servicios y varias cuestiones más; la comida mejoró, no había gente en el malecón pidiendo dinero, tampoco mujeres ofreciéndose, aunque no soy tan miope, estaban en otro lado. En esa última visita a Cuba pude hablar con periodistas, blogueros, representantes de movimientos LGTBI, con la gente de a pie mientras hacía largas filas para entrar al cine y pregunté: ¿cómo veían a Cuba? La mayoría me dio quejas de carencias como el papel del baño, servicios médicos con falta de higiene, casi nulo servicio de conexión (algo que sufrí en carne propia) con sentimiento de ser espiados todo el tiempo en algunos casos. Sin embargo, hay algo que percibí que no había visto en mis otros viajes, jóvenes sonrientes, estudiando, creando, escuchando música, leyendo, haciendo proyectos, abarrotando las salas de cine. Fuimos a un concierto del grupo Buena Fe y vi gente divirtiéndose, quizá bebiendo a escondidas a pesar de los retenes en las entradas, pero nada más… También vi edificios cayéndose, con mal olor, La Habana vieja siendo eso: “vieja” y muy descuidada. Pero ví a la gente correr por el malecón en las mañanas, caminar y disfrutar por las noches, vi otra variedad de paladares y la cereza del pastel fueron los constantes cuestionamientos que algunos cubanos me hicieron sobre Ayotzinapa. No ahondaré en el tema, pero me queda claro que saben qué pasa en México, que les llama la atención, que les duele, que nos quieren y nos quieren bien; a mi sólo me dio pena, mucha pena.

Entre las películas que vi, estuvo el documental “Canción de barrio” (Alejandro Ramírez Anderson, 2014) del cineasta Alejandro Ramírez que da cuenta de la gira del compositor Silvio Rodríguez por 34 barrios del Cuba; a partir de 2010 y 24 meses después. En éste se muestra una Cuba que normalmente no aparece en los medios locales ni obviamente internacionales, con problemas de carencias de distintos tipos. Esa sí fue una cara muy distinta a la del Vedado, una Cuba muy pobre, carente de luz a veces, de agua, de limpieza en las calles, de pavimento con problemas habitacionales. En ese viaje supe que los cubanos hablan como en la sala de su casa durante la proyección de una película en el cine y libremente expresan su sentir cuando escuchan en las bocinas del cine a uno de los suyos quejarse de la cantidad de chícharo que ponen en el café que les dan; entonces toda la sala monta en gritos de apoyo, quejas y aplausos. Así es, vi lo mismo que he visto en México y me atrevo a decir que en unos casos como el de la educación, mucho mejor, si no, cuando vayas, pregunta a cualquier taxista la historia de algún monumento por el que vayas pasando y recibirás una clase gratis.

Los problemas que observé son de desigualdad también básicamente, pero mi papel como visitante no es juzgar y culpar de todo a Fidel, ni al bloqueo ni a los cubanos, no tengo derecho, no soy quién, no es mi papel, como visitante recibo lo que me ofrece el país como lo he hecho en otros lugares, se trata de conocer, de entender las necesidades de cada quien, de sentir y vivir, aprender y sobre todo de ampliar la mirada.

Hoy Fidel Castro ha muerto y sus enemigos, detractores, opositores, etc., han manifestado dentro y fuera de Cuba su sentir, su odio, su anticastrismo, su exigencia de liberación; en Miami se vive un carnaval, ondean las banderas, se abrazan, gozan, hay esperanza de regresar, de cambiar, de hacer quizá otra revolución. En Cuba, mis amigos cubanos han posteado mensajes en su muro de esa red social con cara de libro que se reduce básicamente a “respeten nuestra pérdida”. El bloguero Harold Cárdenas al que entrevisté para un especial sobre Castro, me ha dicho algo que jamás olvidaré: y que afortunadamente pueden escuchar todos aquí: “Fidel Castro tiene un vínculo emocional con el pueblo cubano más allá de lo político, se puede comulgar o no comulgar con él, pero ciertamente hay un vínculo emocional con él que representa mucho para los cubanos”.

En estos días he escuchado y leído de todo, gente que opina sin haber puesto un pie en Cuba, medios que pasan por horas las imágenes de Miami, lo mismo que otros que pasan por horas sólo las de Cuba. Tengo muy claro que vivimos en un mundo de extremistas, que la mirada se ha vuelto de juicio entre blanco y negro, no hay tonalidades ni siquiera de grises. Algunos columnistas muy críticos han ido a Cuba para ver por sus propios ojos los funerales del Comandante Castro, ayer escuché a uno decir mientras observaba la cantidad de gente en la Plaza de la Revolución, “aquí no hay miles, hay millones que vinieron porque quisieron, no porque los trajeron acarrreados” y me da gusto oír eso porque esa misma gente es la que antes he escuchado dar criticas a Fidel, a Cuba, hablar de robots, de manipulación, ellos saben hoy que esto como dice Harold va más allá de la política, es la devoción por un líder que bien o mal es un ícono del siglo XX, sobre todo en América Latina; que bien o mal enfrentó un imperialismo aplastante del que los mexicanos no podemos huir porque estamos muy cerca y hemos sido poco creativos para aprender a convivir sin tener que ceder nuestra identidad y cultura. Yo no vi lo que muchos critican, tal vez por miope o quizá porque nunca fui buscando eso, las tres veces que he visitado Cuba, he visto un país efectivamente con muchas carencias pero que en su gente está patente un desarrollo que vale mucho más que cualquier economía, el humano. Eso es lo que yo ví y viví, lo demás es la historiografía.

Fotos: jordi.martorell, Rog01, Nathan Laurell, Iker Merodio y Eddy Milfort.

PhotoVerónica Orihuela Vera / Columnista Invitada. Amante incondicional de la radio, la literatura y los deportes, melómana empedernida. Estudié Comunicación y Relaciones Públicas en la Universidad Latinoamericana, pasé por la Escuela de escritores SOGEM y tengo una Maestría en Estudios Humanísticos con Especialidad en Literatura por el Tecnológico de Monterrey. Hago radio desde 1994 y actualmente dirijo Concepto Radial, emisora del Tecnológico de Monterrey Campus Ciudad de México donde también doy clases relacionadas con radio, diseño sonoro y periodismo radiofónico. Como a muchos de mi generación me gusta la vida bohemia, lo bares con buena música en vivo blues, rock, trova vieja y nueva cubana, el son cubano y otras delicias como la cerveza artesanal.

 

 

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